Europa y Latinoamérica / Covid-19

El pangolín, el afán de lucro y la crisis sanitaria mundial

25 marzo 2020

Esto es una fábula de inicios de este siglo XXI y, para ser sinceros, si hay que aprender algo de la moraleja, no es muy divertida. Desde hace muchos años los seres humanos estamos convencidos de que controlamos a la naturaleza, y no al revés. A pesar de las alarmas, del alza ininterrumpida de las temperaturas, de la multiplicación de fenómenos climáticos extremos, y de las advertencias repetidas de expertos y ciudadanos, las convicciones de la mayoría siguen inquebrantables.

Es cierto que frente a una preocupación creciente de la población, los responsables de nuestros países han adoptado varios instrumentos internacionales, tal vez para tranquilizar su conciencia, como piensan algunos. Entre estos instrumentos, que una gran mayoría de países del mundo se enorgullece de ratificar en tiempo récord, están varias convenciones que apuntan a la defensa de especies protegidas.

Protegidas porque están en peligro de extinción… Pero, aparte de algunos animales icónicos, ¿quién se preocupa de las criaturas desconocidas para la mayor parte de la humanidad? Yo mismo tengo que confesar que, hasta hace poco, no conocía la existencia del pangolín. Pues, ¿por qué aplicar escrupulosamente los requisitos de una convención internacional cuando solo interesa a unos grupos de activistas verdes que, todavía, no representan una fuerza política en casi ningún país del mundo?

El afán de lucro por las especies protegidas

Ahora viene la segunda parte de nuestra fábula: el afán de lucro. El comercio de especies protegidas está prohibido y, a pesar de la implementación imperfecta de las convenciones internacionales, es complicado (o al menos debería) vender este tipo de especies de manera patente. Cuando está prohibido vender algo que tiene gran demanda, los traficantes entran en escena.

Movidos por su amor incondicional a los animales salvajes y, eventualmente por la generación de beneficios, pequeños y grandes criminales empezaron a interesarse por el tráfico y la comercialización de especies protegidas. Para utilizarlos como mascotas o con fines de consumo humano. Hasta tal punto de que hoy estos tráficos generan beneficios enormes para los grupos del crimen organizado y se sitúan entre los cinco más rentables del mundo.

A estas alturas hay cierta preocupación por el impacto tremendo de estos tráficos sobre la biodiversidad de nuestro mundo.  Sin embargo, sigue siendo solo una preocupación de algunos expertos. Entre ellos, actores de la cadena penal, policías y fiscales, que han entendido el problema que representa el tráfico de especies protegidas. Nadie puede decir que es la preocupación mayor de los responsables políticos ni tampoco el tema más prioritario en las agendas de los gobiernos. Todavía no lo es, estos días hay otras preocupaciones…

El tráfico de especies y el Covid-19

Mientras tanto, de forma extraordinaria, el mundo se da cuenta de que el tráfico de especies protegidas no representa únicamente un gran daño al medioambiente. También ha causado la mayor crisis sanitaria de los cien últimos años. Desde hace algún tiempo los científicos alertan sobre las repercusiones de la reducción de la biodiversidad en la aparición de nuevas epidemias.

En realidad, en las cuatro últimas décadas, más de un 70% de las infecciones emergentes son enfermedades de los animales que se transmiten a los seres humanos. Otros científicos han demostrado que la desforestación y la minería ilegal del oro habrían favorecido el desarrollo del ulcero de Buruli. Una enfermedad prima de la lepra y la tuberculosis, no solo en los mineros clandestinos sino también en las poblaciones próximas a las minas ilegales.

Moraleja contra el tráfico de especies protegidas

La moraleja de esta historia: ahora sabemos que el tráfico de especies protegidas puede crear una crisis sanitaria mundial.  Hay que considerar que Naciones Unidas estima entre 91 y 258 mil millones de dólares las ganancias del crimen organizado con los tráficos en materia medioambiental. Es decir, bastante menos de lo que va a costar a un país como España la crisis actual…

Quizás ha llegado el momento de reflexionar sobre lo que no es una alerta, sino una alarma. Que esta crisis pueda hacernos entender que no sirve adoptar convenciones internacionales si no las implementamos efectivamente. Que la lucha contra los delitos medioambientales no es ahora sólo una cuestión de protección de la biodiversidad sino una problemática global de salud pública. Si no somos capaces de reducir la demanda de estas especies y de confiscar de forma sistemática los bienes procedentes de estos delitos, no lograremos terminar con estos tráficos y proteger no sólo a animales salvajes sino a la población en su conjunto. Quizás sea todavía demasiado temprano para sacar todas las lecciones de lo que nos está pasando, pero mejor pensarlo ahora para no olvidar después.

Realmente, ¿seremos capaces de entender que tenemos que dejar de meternos con la naturaleza? A lo mejor, lo sabe un pangolín…

Xavier Cousquer. Co-director de EL PAcCTO

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